El lanzamiento de Bitcoin en 2009 revolucionó la forma en que la sociedad percibe los sistemas financieros, especialmente tras la Gran Recesión (2007–2008). Mientras las instituciones financieras tradicionales, como bancos centralizados y fondos de cobertura, colapsaban bajo el peso de inversiones especulativas en instrumentos financieros opacos, la tecnología blockchain surgió como un faro de transparencia y descentralización.
Bitcoin introdujo un sistema innovador donde las transacciones se validaban de forma segura a través del mecanismo de consenso Proof of Work (PoW), mitigando riesgos como el doble gasto y estableciendo confianza sin intermediarios. En 2013, Ethereum expandió el panorama de blockchain con su visionario white paper, introduciendo una plataforma que permitía a los desarrolladores crear aplicaciones descentralizadas (DApps) impulsadas por smart contracts y la máquina virtual Turing-completa Ethereum Virtual Machine (EVM). Esta innovación abrió un mundo de posibilidades, permitiendo que blockchain se extendiera más allá de la moneda digital. Sin embargo, para 2017, el rápido crecimiento de Bitcoin y Ethereum expuso limitaciones críticas. Problemas de escalabilidad como el bajo rendimiento de transacciones y las tarifas elevadas hicieron que estos sistemas fueran menos prácticos para un uso generalizado, destacando la necesidad de soluciones más eficientes.