El sistema financiero actual está roto. Está diseñado para extraer valor, no crearlo. Cada vez que pasas una tarjeta, envías dinero o pagas una factura, una legión de intermediarios se lleva una parte. Procesadores de pagos, bancos, cámaras de compensación—todos exigen su peaje por mover bits en un servidor.
Peor que las comisiones es la fricción: liquidación lenta, contracargos opacos y herramientas que no fueron construidas para el comercio global y digital. Los comerciantes se ven forzados a usar pilas tecnológicas que no encajan con cómo funciona internet.